domingo, 12 de septiembre de 2010

L´Escala, Costa Brava: El pueblo al mediodia


























El pequeño pueblo del Mediterráneo aparece claramente dibujado en la línea de la Costa, justo al mediodía. Cuando el avión vira, ingresando en la península desde el Sur, para abrirse paso por el continente hasta el aeropuerto, es la primera silueta que puede divisarse con nitidez.

La idea de Forensen es hacerse unos días junto al mar. Abrirse la mente a nuevas experiencias, recuperando cosas esenciales. El medico sueco, Harold Forensen, ha estado enterrado en la nieve seis meses. Ha atendido pacientes en su despacho externo al Gran Hospital de Estocolmo, con la confianza que le han depositado sus pacientes y el gobierno sueco para una tarea que lo apasiona, pero que lo ha agobiado.

Fue el invierno mas largo que se recuerda en Europa desde que alguno tiene memoria. Los tifones arrancaron barcos, se llevaron puentes y paseos, incluso en el Mediterráneo, que ahora parece calmo como una melodía. En Suecia, normalmente preparada para la adversidad, la gente padeció falta de luz y de agua durante meses, se interrumpieron el tráfico, los trenes, los viajes. Y ahora, ya empezando el otoño, aquello parece parte de otra historia, de otra era. El verano ha sido bueno y es tiempo de disfrutar los últimos destellos de bonanza. Forensen sonríe a la azafata del low cost, que le ofrece un caramelo y una gama de cafés a la carta, de pago. Es morena y sostiene su mirada, que lo atraviesa con ojos que reflejan el cielo y el mar. Ella no parece demasiado preocupada por el destino del planeta, de ese vuelo, ni del de Forensen en particular.

Ahora se ven por la ventanilla los barcos anclados con sus velas, la gente vestida de blanco y negro con pañuelos rojos, la enorme paellera conteniendo la fideua, las bolsas de sal, el naviero grande anclado frente al puerto. La gente bailando junto al puerto pesquero y agolpándose alrededor la gente abrazada, esperando su turno para entrar en una ronda que se agranda todo el tiempo. Las mujeres están tejiendo en la arena y los hombres con camisas blancas bajan sacos al hombro. Puede distinguirse un grupo de marineros acercando un barco a la cala, tirando de la cuerda. Otro grupo se agolpa junto a un pequeño velero en la playa, extendiendo las redes. La costa Mediterránea, transparente, “demasiado cerca” piensa el medico en sueco, “demasiado cerca”, se dice y la azafata también mira por su ventanilla con esos ojos cristalinos. El mástil de un barco que seguramente ha traído la sal desde Baleares a ese pueblo, casi toca el ala del avión.

El medico esta totalmente inclinado sobre su ventanilla. “Si es solo un vuelo low cost” , piensa. En Estocolmo la niebla cubría la pista y los fiordos se alejaron enseguida, junto con la silueta de la ciudad. “Ahora todo se agranda mucho, demasiado” piensa Forensen y alcanza a ver el rostro de las costureras, el color de la piel de los pescadores, sus camisas blancas, sus sombreros rojos.

Harold Forensen nada junto a los pescadores. Ellos han salido muy temprano de su pueblo en la cala en busca del atún, del mero, de la merluza, la sardina y la anchoa. Los barcos pesqueros le pasan rozando. Es tan importante la primera bocanada de aire que respira que vuelve a hundirse. Y bajo el agua ve las redes y los peces atrapados. Los pescadores están ocupados y aunque gritara cuando vuelve a emerger no lo oirían. Cuando logra salir y dejar de boquear, ve la mujer en la arena, no tan lejos. Es lo primero que Forensen ve antes de tomar la decisión de nadar. Esa mujer, que se parece a la azafata.

Forensen despierta con una cabeceada y se explica todo en una milésima de segundo. El sol cae sobre la península y el agua empieza lentamente a hundir el avión. Forensen quiere alejarse rápido del manojo de maletas, sangre y metal que ha dejado el impacto. Los pescadores no han apartado la vista de las redes, concentrados en terminar para regresar antes de que caiga la tarde al pueblo y termine la fiesta. Forensen se va despertando de un sueño reparador y breve a punto de aterrizar en el aeropuerto, acaban de pasar las islas, ya es hora de descender se dice, repitiendo las ultimas palabras del anuncio.

Braces hasta la costa, hay una mujer que identifica junto a los pescadores, borrosa, la percibe desde sus ojos empapados. La mujer parece estar aprendiendo a tejer. “Es identica a la azafata” piensa Forensen, como si esa fuera una tarde en el pueblo y hubiese decidido quedarse alli toda la vida. Olvida el entumecimiento de su cuerpo, el dolor en la nuca y el silbido que se escucho cuando el avión golpeo el agua. Desde el mar, muy cerca, se escucha el canto de aquellos bailes y se ve la silueta de la gente moverse. El viejo sonido del cuerno anuncia a los pescadores regresando, sus ofrendas y su ritual compartido hoy que es un día de viento calmo. Junto al enorme mástil del velero yace el capitán de la nave, “tal vez ha habido una confusión” piensa Harold, ¿de que capitán estamos hablando?”. Y la masa de metal se hunde. Forensen se aleja, ahora que ha recuperado el aliento, de la fuerza centrifuga de esa bestia que todo lo arrastra hacia el fondo. Intenta cruzar el pequeño estrecho que lo separa de la cala y del pueblo. En este día festivo la gente esta sumida en la música embriagadora. Danzas ancestrales de comunión y sencilla armonía compartida. Los pescadores recogen rápido, para volver temprano. Nadie se percata de Forensen cuando casi desnudo pisa la arena y se acerca al fogón para recuperar algo de calor. Alguien le acerca una camisa blanca, una chaqueta negra y parece uno más del montón. La enorme nave low cost se hunde en el horizonte, Forensen la contempla, esta al otro lado. Ha nadado un trecho largo. Es inútil que intente llamar la atención de los lugareños, todos los pesqueros ya se acercan a la playa y los pescadores descienden cargando sacos de sal y cubos llenos de pescado. Todo el mundo esta ocupado en llevar a cabo el trabajo y sumarse a la fiesta. Ahora que cae la última luz en la bahía se confunde con los palos del barco naviero que ha traído la sal y con las pequeñas velas que regresan. Bajo el sol del otoño, Forensen contempla aquel pueblo que festeja algo, tal vez la independencia, o un sueño de libertad. El sueco no entiende su idioma, ni la razon de la alegría y la melancolía de ese pueblo. Forensen no quita la vista del horizonte, donde unos botes de goma parecen acercarse a lo que queda de la masa de hierro y mira en dirección a la explanada de los bailes, donde se ha montado una tienda a la que todos se acercan en busca de un plato de fideua o pescado. La mujer, igual a la azafata, parece mirarlo desde la explanada. Al cabo de un tiempo le acerca un plato de sardinas, de los que se sirven en la fiesta del pueblo. Tal vez fue ella la que le presto la ropa. “Me llamo Anna” , le dice. “¿Y tu? “ Forensen se ensucia los dedos con las pequeñas espinas, saboreando la sal y el pescado fresco, recién traído del mar. No deja de mirar el horizonte, hasta que la noche se traga definitivamente lo que queda de aquella mole en el fondo de la bahia y no quedan rastros de supervivientes. Forensen mira los ojos de la mujer que se ha quedado sentada a su lado y otra vez, en la oscuridad, aparecen los colores del cielo y del mar que lo han acompañado mientras nadaba hasta ese pueblo en el Mediterráneo. “ Harold Forensen” dice y sus palabras son tragadas por la música embriagadora que hace bailar al pueblo, detrás de los barcos iluminados con antorchas y los pescadores, felices de haber regresado a su hogar. “Me llamo Harold Forensen”, dice en sueco, y la mujer le sonríe.

Europa: Resisto







Resisto

No se si el mundo se cae a pedazos en silencio o si soy yo el que en silencio se sostiene en medio de las ruinas. O si el silencio sostiene un mundo insostenible, que se cae a pedazos. No se. De las mil maneras de entender la vida y la comunicación, prefiero sentarme frente al mar y pensar desde el lado del fracaso, más que desde el éxito, efímero, material.

Hemos fracasado en encontrar un camino solidario para construir un camino compartido. Europa esta unida por peajes y por ciudades emblema con ciudadanos que viven vidas mediocres, sin expectativas, vidas de mil euros, que se conforman con llegar a fin de mes, pagar unas cuentas y unas hipotecas. No hay creación de ningún tipo, ni filosófica, ni cultural, ni social. Todo parece estar dado por unas imágenes que los artistas, que se repiten hasta el infinito especulando para vender, tienen de si mismos. Todo es esnobismo y apariencia, pero en el fondo de esta Europa medieval no hay más que miseria moral. Ahora a tomárselas de nuevo con los gitanos, que tienen la culpa de todo. De nuestra sensación de inseguridad, de que no seamos todos bellos. De que haya basura en las ciudades. De que haya robos y de que nadie este a salvo de la incertidumbre. No queremos ser como ellos, nadie es honesto en esa comunidad, por eso los queremos lejos. No vaya a ser que seamos mentirosos, como ellos y que nuestra gran verdad de gente honrada, burguesa y trabajadora, se caiga en mil pedazos.

No importa que los trabajos y los negocios que ofrece el mundo a los emprendedores sean migajas de grandes explotadores, pulpos que todo se lo apropian en nombre del crédito y del libre mercado. Al final, los gobiernos y las personas, presas de los empréstitos a largo plazo, de un progreso que nunca se termina, de una maquinaria que todo lo vende, de un sistema de peajes en el cual siempre pagan los débiles y ganan los fuertes, no tienen nada mas que decir sobre su verdad que eso: mejor echen a los gitanos así no nos comprometen y no nos contagian su mentira.

No importa que haya millones de personas que en su día no hacen nada salvo mendigar una oportunidad. Gente que se despierta sin sentido a la mañana, soñando con algún empleo mal pagado, sobre explotado, abusado por alguien que usa la palabra crisis para adueñarse de algo que no le pertenece: su vida. No importa que haya millones de niños que van al cole a aprender a leer y escribir, a aprender a comportarse adecuadamente para después ser excluidos brutalmente de cualquier oportunidad. Porque a los jóvenes no se los puede incluir en el sistema, ni saben suficiente, ni son suficientemente explotables. Mejor dejarlos afuera entonces.

No importa que nadie hable, nadie conteste, a nadie le importe nada mas que su ganancia, su salario, su miseria, su pobreza moral de fin de mes sin un duro. Pobreza de vacaciones en resort, enlatadas, inalcanzables. Pobreza de ver si viene un ruso millonario a comprarnos la casa. Pobreza de ver si nos salvamos jugando al Loto de Navidad.

No importa nada según lo que leemos y miramos, salvo los dos puntos de mas o de menos del PBI, la agenda noticiosa llena de catástrofes y cadáveres frescos, la potencialidad de un voto mas o menos, la frágil mentira de los que día a día inventan otra historia para aferrarse a cargos y abusos. De los que no tienen reparo en rectificarse, enmendarse, volver a decir lo mismo de otra manera y no decir nada, ni hacer nada.

NO se si soy yo el que se cae a pedazos, o es simplemente una ilusión estar aquí, intentando nadar en esta melaza de gente vacía, sin entender la amistad o la solidaridad mas que como slogans publicitarios.

Sin entender el matrimonio mas que como una serie de firmas de créditos ante notario. A los hijos como oportunidades perdidas. A los espacios naturales como lugares en extinción, a las vacaciones como utopías inalcanzables, al trabajo digno como una concesión de los poderosos.

Me pregunto si diré basta a tanta desidia algún día. Si no partiré, algún día, con mis hijos, a otro lugar. A otro mundo, mágico. Una isla, entre Brasil y África, inventada por nosotros, Me pregunto si mientras intento huir, llegare a ver ese día, con el que sueño, en el que todo nos será dado, no como un slogan publicitario, sino como una sencilla realidad contaminada de sueños y esperanzas.

Ese día con el que sueño no tendré que soñar con justicia porque dejaron morir a mi hermano a las 3 de la mañana en una ambulancia por negarle una cama en una terapia y hacer más dinero. No tendré que soñar con que todos seamos lo mismo y podamos compartir las cosas sin apropiarnos de ellas. Con que podamos educarnos, viajar, alimentarnos, disfrutar de viviendas gracias a los ilimitados recursos que da la inteligencia, la naturaleza y la sociedad. No tendré que soñar con un mundo sin fronteras y sin peajes. Sin nacionalidades, sin discriminados. Sin continentes excluidos. Sin países súbditos. Podré pensar que el mundo es uno solo, que los hombres comparten un destino, no importa de donde vengan o hacia donde vayan. Ese día podré pensar que mis hijos, al igual que los hijos de mis amigos y mis vecinos, comparten un destino de felicidad, un destino que se merecen, solo por ser. Ese día sabré que el mar no es del petróleo. Que la arena no esta tomada de los ríos y de las playas para hacer casas, dejando las cuencas vacías. Que haremos todo en el respeto por los demás, por la naturaleza y la cultura que nos rodea.

Cuando se termine esta sensación de que me voy hundiendo, tal vez pueda soñar con empezar de nuevo, de cero. Podré habitar un mundo sin automóviles, con trenes que llevan a la gente en asientos compartidos, un mundo sin tantos mercados, sin tanto que pagar una extorsión de alguien que se adueño de un recurso de todos. Sueño con un mundo sencillo, hecho de sensaciones y de encuentros. De producción creativa, de actividades placenteras y de aprovechamiento de recursos. Un mundo erótico, donde la gente disfrute no de la acumulación sino del compartir. Un mundo de reciclado, donde todo se vuelva a emplear. Donde los minerales se queden donde están, sin contaminar ríos y dejar gente con cáncer para irse a sitios de expoliación. Un mundo de indígenas, judíos, musulmanes, chinos, indios, europeos, americanos, africanos, compartido por todos, con una creencia y una frontera común, un destino común. Tal vez llegue ese día, en el caerán las fronteras interiores, simplemente porque ahora lo sueño, porque amanezco pensando en eso y puedo decirlo.



Collins & Washington Miami IV









De los tres hermanos Ovidio, el más tonto era sin duda el gordo. Se subieron al avión de las cinco de la tarde con rumbo a Miami, pensando que era un paseo como cualquier otro. Pero cuando llegaron a migraciones el gordo habló de mas y eso les valió quedarse en el aeropuerto cuatro horas más de la cuenta, mientras los de la migra tomaban la decisión de deportarlos o no. Finalmente la simpatía de Milito Oviedo los habilitó para volver, le habló en un inglés casi perfecto al oficial y le explicó que lo que había dicho el gordo era una tontería. Que nada de trabajo en Miami, que estaban ahí de vacaciones y que en diez días pegaban la vuelta, que dinero llevaban de sobra, más una tarjeta de crédito cada uno.

El gordo también se equivocó cuando en el parador de la cuatro le dijo a Almirano que le tenía alergia a los helados. Y cuando Ricki le preguntó por su hermana y le dijo que había traicionado a unos aprendices de narcos argentinos. Milito y Cacho Oviedo eran bastante hábiles para salir de todas esas metidas de pata, pero también se hartaban del gordo y lo que tenían ganas por ahí es de enterrarlo y que se dejara de hablar pelotudeces.

Las primeras semanas en Miami, a pesar de lo duro que se lo hacía el gordo, que no vendía ni un helado y se la pasaba roncando en la arena, Milito y Cacho ya habían arreglado con Pacheco, Maltodano y el Culebra para quedarse en la pensión de la Collins. Así se completaba el grupo de seis cordobeses que compartían la pasión por el futbol, la comida rápida y las minitas latinas de Miami. Todos habían podido levantar algo, salvo el gordo y el culebra por supuesto.

Los Ovidio eran los que organizaban las fiestas. La hermana de Ricki se disfrazaba de Shakira y hacía play back. Milito y Cacho funcionaban bien como equipo. Eran entradores y se encargaban de colectar especímenes en el zoológico que era la playa y la Washington AVenue. Así aparecían toda clase de personajes en las fiestas que se hacían cada día en un habitáculo de 40 metros cuadrados donde convivían los seis cordobeses.

Los colombianos coparon un poco el ambiente, tenían mucho espíritu festivo y siempre estaban reclutando gente para su negocio. Ricki era por supuesto el principal espécimen del ganado colombiano y puso la mira en el gordo Ovidio para usarlo de alguna manera. Le pareció un elemento extraordinario para alguna cohartada vinculada a un agente local que no le perdía el rastro. Aparentemente la playa estaba infestada de agentes de la DEA y la virtud elocuente del gordo serviría para que esta gente por lo menos se acercase y se pudiese develar su identidad sin derramar demasiada sangre. No es que a Ricki le importara mucho que corriera sangre, pero era indispensable despistar tanto a los de la DEA como a los de la banda del Sable Blanco, unos hondureños que tenían aspiraciones de orientales y que se la habían jurado a los de Pablito.

La estrategia no tardó en dar resultados. Ricki le habló al gordo Ovidio seguido sobre su actividad en el mundo del tráfico y le contó detalles de sus viajes a Bogotá y California. Le dijo que invitara a gente a las fiestas. El gordo, personaje impopular si los había, estaba encantado de tener con quien conversar y de tener con quien hablar en la playa, sobre todo con un tema en concreto para compartir.

Empezaron a llegar personajes desencajados a las fiestas en la pensión de la Collins, policías disfrazados, agentes de incógnito, espías encubiertos. Entonces el Ricki ideo la estrategia de involucrarlos a todos en cuatro o cinco operaciones fantasmas una vez que se terminara la temporada de ventas de helados. Enganchar los reclutas desde el puesto de helados de Almirano era ideal. Llegaban dispuestos a vender helados y al cabo de un tiempo se quedaban secos. Luego había que meterlos en el negocio y generar operaciones fantasmas que no llevaran a los sabuesos a ningún sitio.

La cosa no se podía sostener por mucho tiempo, pero podría funcionar para derivar esfuerzos de los agentes a Medellín, Argentina e incluso a Europa. Al cabo de tres meses, los hermanos Oviedo se habían quedado solos en la pensión, los otros tres estaban despachados por Ricki y ellos estaban sin poder pagar la renta y sin posibilidad de volver. “ Lo que daría por unos mates con la Pocha” se lamentaba Cacho, el más sentimental. Pero Milito, siempre positivo, decidió encararlo al Ricki y resistirse a una cosa que le parecía que siempre terminaba mal. “ LLevatelo al gordo si querés, pero con nosotros no cuentes”, le dijo terminante. Cuando cayeron las torres los Ovidio empezaron a tener hambre, no les daba ni para el alquiler ni para comer. Esperaban que cayera un misil sobre Miami Beach, o que alguien se dignara a salvarlos.

Ese alguien fue, por supuesto Ricki, y Milito decidió comerse su orgullo. El plan para los tres hermanos que ideó Ricki fue simple. Solo tenían que organizar una fiesta y distinguir a agentes de la DEA de no agentes. A cada agene de la DEA había que meterle un cianuro en un trago especial que se prepararía esa noche, con cuidado de no contaminar a los que no fueran agentes. La cuestión era dislucidar quien era agente y quien no, ese encargo lo resolverían Milito y Cacho.

El gordo se encargaría de los tragos, eso según la óptica de Ricki era ideal, ya que garantizaría el resultado de lo que estaba buscando. El gordo no distinguió entre agentes y no agentes, puso cianuro en todos los vasos, incluso en los propios. A las cinco de la mañana la pocilga era un reguero de cadáveres. Ricki habló con Altamira para contarle que la semana siguiente seguirían con otro grupo de cordobeses, presas fáciles y confiables en el plan de distracción de la DEA trazado.

Collins & Washington Miami III


El culebra llegó al departamento de la Collins pasada la medianoche. Se habían conocido con Almirano en la heladería ambulante de Nicki Beach. Estaba eufórico, el gordo, lo había contratado por el verano. Si bien el verano se terminaba pronto. Era 15 de agosto, y como venía la temporada, la cosa no duraría hasta mas allá del 25 de ese mismo mes. Pero eran cinco dólares la hora y al culebra eso le cambiaba la vida. Solo hacia dos meses que había aterrizado en Miami y la nostalgia lo estaba matando. Quería juntar para volverse.

Se pasó quince días como los demás compañeros de piso, vendiendo helado y esperando la próxima joda, la próxima minita para levantarse, el próximo pago del gordo. El sol abrazaba la extensa playa y no se veía más que mar, olas y los cruceros de Carnival atravesando el horizontge. El fin de semana llegaban u hordas de morenos de Atlantic City, de South Carolina, Virginia y hasta de Washington y New York.

El culebra había estado dos veces en el Crown después de lo de las torres y le resultaba intolerable tener que aguantar otra detención por ilegal. Por eso aceptó la proposición del Ricki, esperando no tener que ahondar en la relación con el personaje que decían que había terminado con Pacheco y con Maltodano. La hermana de Ricki tenia un look Shakira y el culebra no hizo más que querer intimar con ella a toda costa mientras duró la farsa. Pero el culebra era tan feo que ni la tía abuela de Shakira se hubiera fijado en él. Además, era tan torpe y corto de genio que había espantado a cualquier cosa digna de llamarse mujer en el vecindario de la Collins.

El culebra hasta se sentía en casa con los hermanos cordobeses, se había podido mudar del antro de la Collins y allí estaba, fingiendo un matrimonio feliz hasta que le tocara la entrevista final del social security. Era cuestión de aguantar un año nada mas, después las cuatro entrevistas y el examen de ciudadanía.

El único problema del culebra era que no quería ser ciudadano yanqui. Extrañaba los mates de tía Rosenda, los vinitos en La Alborada entre Duarte Quirós y Trejo, los baches en todas las calles, los remises, los autos viejos y la peatonal. No tenía ganas de tener la green card y ser uno más. No compartía con los cubanos de la ocho su aspiración por tener la casita con hipoteca en Hialeah, ni la visión de los Target como templos donde todo se consume, con diseño razonable y con precio módico.

El culebra no había sido hecho ni siquiera para Miami Beach, con sus pieles de cocodrilo asomando por la tarde y sus hotelitos art deco con rusas medrosas. El culebra quería volver a Barrio Altamira, donde estaban los amigos del barrio y se podía ver la tele en castellano argentino, no en españool como en Univsion, sino en porteño o cordobés.

Por eso cuando le falló el gordo, es decir, cuando el día 25 el gordo lo dejó sin laburo, se le puso la piel de gallina y no supo que cuerno hacer para escaparse de ese laberinto. Porque lo que había hecho en la temporada no le alcanzaba y tenía ahorros solo para subsistir una semana más en lo de los seis desaforados. Pacheco ya estaba quebrado y se había escapado, parece que Ricki había ido atrás de él a Córdoba. No solo no se la había podido curtir a la hermana de Ricki, sino que todo el plan con Shakira e inmigraciones dejó de funcionar cuando se quedó sin un mango.

Ricki se le acercó con su tono meloso y lo convenció de llevarse la cosa y de pilotar el submarino. Era un plan bastante complicado, pero las cosas se habían puesto realmente duras en la aduana y los discípulos de Pablito se habían puesto ingeniosos.

“Están comprando Kendall, la extensión del Dadeland Mall es nuestra” le susurró Ricki, asi que le metió en la cabeza que el plan funcionaría.

Todo salió mal, desde el principio. El culebra tenía otra pasta que Pacheco. Simplemente no se animaba a mentirle a tipos de la calaña de Ricki, sobre todo a la luz de la evidencia de lo que les había pasado tanto a Pacheco c y parecía que en Europa también a Maltodano.

Así que en vez de agarrar el adelanto y rajar, como hubiera hecho cualquiera de los hermanos de Miami, siguió al pie de la letra las instrucciones. El culebra no solo era feo, también tenía mala suerte. El submarino nunca zarpó. Era un viejo submarino alemán, de la segunda guerra. Hasta se lo alcanzaron a mostrar, en Cartagena, listo para zarpar y cruzar el estrecho hasta Key Biscane. Había cuatro viejas disfrazadas de monjas y un par de camellos con pasaporte diplomático que se apersonarian en un hotelito de Key Largo burlando los guardacostas .. Pero nunca llegaron los encargados de las contraseñas, ni hubo acuerdo con los policías de la aduana. Lo único que le pasó al Culebra, digno de mención en todo el operativo, es que lo metieron en un avión rumbo a Bogotá. Allí lo esperaba un tipo de la DEA y un par de agentes de civil que lo escoltaron para que abordara el avión de regreso a Miami. El avión se la pasó conversando con una tipa muy bonita, parecida a la hermana de Ricki, que no le dio calce y que al final resultó ser otra agente de la DEA. Ni lo empalaron ni lo mutilaron, estuvo unos días en el penal de Crown y el mismo día que cruzaba la Collins le pegaron tres tiros en la nuca y lo dejaron a merced de los vagabundos que ni se preocuparon en enterrarlo.

Collins & Washington Miami II







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Nunca pensó que lo contactaría a través de facebook. Habían pasado más de veinte años. Estaba igual en las fotos de perfil. Parecía una actriz de Blanc, Bleu, Rouge, la trilogía francesa y centro europea. Miraba con esa cara de tonta rematada y pájaro muerto, en blanco y negro. Se decía actriz. Montesano la miró desde su sucia cueva, intentando localizar su nombre ficticio en el skype, intentando que le devuelva alguno de los miles de mensajes que emitía como desde una balsa en el medio del mar. Eso era su piso en Milan, una covacha llena de basura y mal olor, metida en un océano urbano. Ni siquiera Barcelona, ni Paris, le habían resultado a Montesano trampolines para desplegar su enorme talento para arruinarlo todo. No había podido arruinarse la vida por completo, eso hubiera sido quedarse en Argentina, pero Europa tampoco lo había salvado. Y ahora Ana Magdalena le manda ese mensaje misterioso “ te veo en el facebook, quiero ser tu amiga”. Montesano responde con un larguísimo mail explicando su desaparición de la ciudad originaria, que lo forjó a el y a sus cuatro hermanos. “Huí de la tienda, de cualquier manera aquello estaba terminado, fundido, mi viejo quería que siguiera con la tradición familiar”. Solo quedó un hermano medio loco del padre, sumido en la barbarie de Córdoba, sometido al juicio de los demás, cuidando un hijo esquizofrénico, su primo, que al final murió por culpa de la corrupción médica de los hospitales locales. Nadie lo quiso atender cuando se enfermó del pulmón su primo, se murió de soledad en una guardia. Su padre se murió junto a él, intentando hacerse de un lugar donde vivir. Imposible vivir ahí”… Y asi seguía y seguía Montesando soñando que a Ana Magdalena le interesaba y le seducía su historia personal. Pero nunca respondió Ana Magdalena a sus correos electrónicos. La suya era una historia sucia, vieja. Una historia como la que habían tenido con Ana Magdalena, cuando se besaban en plena luz del día en la Ciudad Universitaria. Ana Magdalena le mentía, le decía que no, que tenía otro novio. Él la seguía besando, ella se dejaba, hasta bien entrada la noche en que iban y venían por un callejón de Barrio Güemes, muy peligroso. A él le robaban cosas del coche mientras seguía besando a Ana Magdalena en el zaguán, en el cuarto de arriba. Empezaba a descubrir lo que llevaba abajo, siempre era magnífico ese descubrimiento del gusto por las prendas suaves que Ana Magdalena llevaba o no llevaba y se dejaba quitar. Ahora le escribía desde Madrid, según indicaba, casi estadísticamente su perfil de facebook.

Montesano, arruinado y con tres hijos, casado con una italiana que lo odiaba tanto como se puede odiar a un extranjero, miraba los vuelos low cost por internet para cruzar el continente e ir a verla. Milan no está lejos de Madrid, solo son 90 euros que Montesano no tiene, ni tiene tiempo ni trabajo, ni nadie que le cuide los niños los días que le tocan, mientras tanto. Así que sigue buscando esos vuelos low cost y la excusa perfecta para huir de Milan para siempre. Pero Montesano no encuentra excusa. Mañana se perderá en la autopista Norte con el rumano en un nuevo trabajo de electricista y tal vez hasta olvide a Ana Magdalena. El azar siempre lo acompañó, en cada cambio. Cuando decidió partir en el 2000 rumbo a Miami. 2000 fue el año en que se suicidó el Dr Favaloro y en el que él dejó la medicina. Montesano ni siquiera logró el título de auxiliar de medicina, ni se especializó en enfermería, que era lo que quería hacer para ayudar a los pobres. Ni terminó siendo cura como su amigo Tresola. Montesano decidió, como muchos, que la mejor puerta era el cielo y se lanzó a Miami para terminar presentándose en el puesto de helados de la parada 4, detrás de Nicki Beach. Un compañero de prácticas le habló del gordo Altimira, que trabajaba para los cuarteteros en el Sportivo y que había juntado unos mangos y se había montado el negocio en Miami. Todo el 2000 juntó dinero y terminó en Miami justo antes de que estallaran las torres. Solo alcanzó a trabajar un mes en lo del gordo, compartió el piso con Pacheco, con Ricki el colombiano y enfiló para Italia, haciendo uso de su recuperado pasaporte italiano. Llegó al viejo mundo en invierno. La lluvia y la niebla tapaban Bruselas. Se tomó el último tren a Milan y no se aguantó la ciudad ni dos días. En Barcelona se lo topó de nuevo al Ricki, que había tenido alguna historia rara con Pacheco y que le propuso el negocio de siempre. Montesano no estaba para esas cosas, asi que en Barcelona huyó de los antros. Se dedicó a albañilería para la misma familia de rumanos que estaba en Milan y Barcelona y casi que lo adoptó para que trabajara quince horas por día fuera donde fuera, en Italia o en España. Ahora que podía volver a Madrid también encontraría a los rumanos, pero con la crisis no habría ni forma de hacer nada, eso si lograba encontrar la excusa para dejar los tres hijos con la Tana y encontrarla en algún tugurio de teatro alternativo a Ana Magdalena. Ana había resistido toda la caída y el auge del teatro alternativo en Buenos Aires y en Madrid participaba de cuanto taller de improvisación y psicodrama ella misma atinaba a inventar. Montesano se sentía débil por ella, como en su momento se sintió por la tana y había colgado todos los guantes para darle con el gusto con los tres bebes que lo cautivaron y lo sumergieron en un delirio de pañales y urgencias.

Ahora que Ana Magdalena lo reclamaba por el facebook, Montesano lo llamó al Ricki para ofrecerle un favor a cambio de otro. El Ricki se apersonó en su piso de seis metros cuadrados, le convidó una chala y Montesano se olvidó de todo, de su divorcio, de los domingos en el parque con los chavales, de la mensualidad de la tana y del precario laburo con el rumano. Solo agarró los tres mil euros de adelanto, se dirigió al aeropuerto y se bajó en Barajas dispuesto a todo.

Se lo tenía que haber imaginado. Ana Magdalena había desaparecido. Se pasó tres semanas buscándola por los rincones más alternativos y oscuros de Madrid. En Facebook decía que Magdalena se había vuelto a Buenos Aires. El facebook iba atrasado y el iba tarde. Sus tres mil de adelanto también se habían esfumado en la frenética búsqueda del amor perdido por Chueca, Diagonal y cuanto rincón sucio de Madrid hubiera. Y el Ricki le hizo el último llamado de advertencia a Montesano antes de que un albano kosovar se encargara de que otros con paquetes intra comunitarios entre Italia y Francia recordaran que no se juega con cosas tan serias. El delgado aspecto de Montesano y todo su amor por Ana Magdalena terminaron fulminados por una reacción química dentro del bloque de cemento donde lo enterraron vivo los Albano Kosovares. Casi no opuso resistencia y unos minutos antes de que lo buscaran en la pensión de una estrella donde paraba, alcanzó a hablar con la tana y con los tres niños para prometerles que volvería al día siguiente a Milan con unos libritos que había conseguido en el Museo Reina Sofía.

Collins & Washington Miami I


















La gloria de Pacheco Funes López, alias Ruben Blando

La primera vez que Pacheco viajó fuera de San Vicente se fue a Necochea. En esa pequeña playa de pinos, junto a un mar de olas bravas y frías, se le había abierto el apetito del mar. Solo tenía doce años, había logrado colarse con una familia de amigos del barrio.

Pacheco siempre había sido diferente de sus hermanos, de sus tíos, de sus primos. Todos, nacidos en San Vicente, en la misma calle, en el mismo barrio, eran miembros de la comparsa de Carnaval. Jamás habían dejado Córdoba, la ciudad de Córdoba, incluyendo San Vicente y La Calera. La máxima aspiración de todos, amigos y familiares, era comprarse un par de zapatillas de marca. Tenían que ser, para el picadito del sábado. Las primas y las tías iban juntas, con sus bebés, al baile de la Mona Jimenez, a buscar novio. Seguían a la Mona cada vez que tocaba en la ciudad, los sábados, en el Estadio del Centro, en el Sportivo, en Atenas, no importaba donde. Los varones también iban todos: los que eran empleados del Mili, que tenía de un par de taxis para hacer turnos. También iban los que trabajaban en la despensa de Pocha en la San Jerónimo 2500. Iban los que se dedicaban a hacer changas con un rastrojero 68. Se turnaban para usarlo al al rastrojero y lo arreglaba el Chungo para que no dejara a los clientes a pata.

Pacheco López Funes, ese era su nombre completo, no se conformaba con ese mundo de cuartetos, changas y tacheros. No se contentaba con minas que se querían casar. Con esas minas que se podían encontrar en el baile que su onda era casarse para después ir a La Calera con pendejos y pasarse la vida renegando. A Pacheco le aburría el Fernet con Cola de las esquinas con los negros todos los días. Estaba podrido de pibes que se mataban con fana, de los que quedaban limpiando vidrios y a veces terminaban en cana. Incluso de los que se hacían los chetos laburando con la cooperativa La Luciérnaga.

Pacheco quería ver lo que había visto en la tele, quería un coche nuevo, una casa propia, quería vivir en un suburbio yanqui y aprender inglés. Quería vivir juntoa ese mar que lo había hecho soñar. Pacheco quería minas dispuestas a todo, aventuras de una noche. Quería tablas de surf capaces de vencer cualquier ola. Por eso, haciendo changas se logró ir. Se rajó mucho antes del quilombo que dejó a todos sin laburo. Juntó de a cien verdes por mes, cuando todavía valían un dólar- un peso. Al año y medio tenía un pasaje y lo suficiente para dos meses en Miami. Se compró un par de Adidas fosforescentes, una camiseta de Argentina y un equipo Topper con buzo y pantalón corto. Hasta le alcanzó para una malla Legacy, como la que usaban los garcas. Subirse al vuelo de Aerolíneas Argentina Córdoba- Miami fue tocar el cielo para Pacheco. Pasó como si nada por las intimidantes puertas de entrada al imperio del Norte. Pacheco Funes alucinaba con las lucecitas de colores de ciencia ficción, con los pasadores automáticos. Los aviones , cientos de aviones, se veían como si uno hubiera estado en la pista.

Pacheco era el más blanco de sus siete hermanos. Sus tías y primas coincidían con que era el más pintón, con ojos verdes que hacían que cualquier guarra se derritiera a la tercera palabra de voz profunda. De levantar minitas en el baile de la Mona a pasar por migraciones en Miami hay un pasito. Pacheco lo dió sin problemas, le tocó una haitiana americana en la casilla que lo miró con cariño desde su uniforme blanco. Pacheco enarboló su sonrisa triunfal. Con la tarjeta verde y un sello en el pasaporte de tres meses agarró un taxi que le fajó cincuenta verdes para llegar al centro de Miami. Pacheco se dio cuenta de que ahí no hay ni peatonal, ni minas, ni nada. Solo encontró un par de tiendas de cosas eléctricas, un trencito de Disneylandia y miles de coches que ni se veían. Pasaban a mil bajando hacia Biskane Bay. El mar se veía lejos, detrás del puerto. Era una zona warehouses, como Pacheco aprendió después que se llaman esos lugares donde no parece haber vida. Los coches pasaban, como misiles y hasta se podía apreciar algún Ferrari, alguna limusina, algún Rolls Royce. Pacheco no podía creer estar ahí, se sentía el cana de Miami Vice. Entre dos puentes veía unos barcos inmensos que luego aprendería que son cruceros, mega cruceros noruegos e ingleses que paran en Miami. Pacheco se dió cuenta que en realidad no tenía que ir a Miami, tenía que ir a Miami Beach, que es donde estaba la movida. Se lo dijeron en una tienda colombiana. Entablo conversación con una morena fenomenal que le dejo el teléfono. También le dijo que en el parador de la cuatro, frente a Nikki Beach, había un argentino que vendía helados. “Esto es mas fácil que manejar el tacho del Mili” pensó Pacheco, “no llegué hace ni dos horas ya me levante una minita”. Asi que se gastó otros treinta verdes, y solo le quedaron doscientos cincuenta para vivir el resto de su vida en Miami. Le indicó a otro taxi que lo llevara a Miami Beach, en cordobes, todo el mundo lo entiendía. Mientras avanzaba hacia la playa veía el show de yates estacionados. El show de los mayores yates privados de lujo del mundo. Luego cruzó un puente, que le pareció que era más largo que la General Paz y la Vélez Sarsfield juntas. Una vez en la otra orilla empezó a ver de todo lo que se puede uno imaginar del género humano: minas con las tetas al aire, viejos con mallas estrechas, hombres de dos metros de la mano, rusos y rusas llenos de vodka, hoteles que parecían telos al aire libre, descapotables los que uno se pueda imaginar. Pacheco se paseó por ese zoológico entre la calle dos y cuatro, por la Collins y la Washington Avenue, llego a la esquina del parador de la cuatro. Atravesó Niki Beach. Había más colores y más mujeres de lo que Pacheco había visto en su perra vida. Estaba borracho de ver cosas que nunca se hubiera imaginado, solo en las películas. Atravesó la arena desértica del parador cuatro y llegó al puesto de helados. Almirano , el argentino del que le hablaron, estaba sentado con un drink en la mano derecha y teniendo la mano de una rubia colosal en la derecha, Pacheco miraba el mar y creía que era un espejismo. Estaba re cagado de sed y lo que atinó a hacer fue acercarse de prepo y pedirse un gin tonic que le costó diez verdes. Pacheco pagó y giró envalentonado en dirección a Almirano, con el mismo aire socarrón con el que cruzo la barrera de migraciones. Lo miró de frente y le sonrió.

- Me dijeron que necesitai negros para vender helados varon,¿ que te parece?

- Sos de cordoba guaso, aca somo todo cordobese, ¿recién llegaste? El gordo Almirano, parecido al gordo que atiende la boletería en los cuartetos, le vio cara conocida. ¿Cuando pode empezar varon? – lo apuró.

- Ya mismo varón, que voy a hacer si ya se me termina la guita y me tengo que buscar un departamento.¿ Conocei algún lugar por acá varón para que me alquilen?

- Si, acá a la vuelta viven seis guasos y si les preguntas por ahí te hacen un “place”.

El gordo Almirano ya ondeaba ingles y se le estaba yendo el cordobes básico. Lo trató como a un hermano. Pacheco estaba de ocote, no podía creer lo que le estaba pasando.

- ¿Cuánto pagai varón?

- ¿No tenés papeles no_? Almirano acaricio el brazo de la rubia, que parecía una yanqui pero que después cuando habla se nota que es hondureña.

- Papeles, ¿qué es eso papa?

- Social Security, no te calentés. TE conseguimo uno trucho en una semana. Cinco la hora de vender helado, con eso te bancás un mes, hasta que termine el verano, después vemos.

Pacheco se la pasó vendiendo helado. La llamó a la colombiana de Miami, salieron. Logró que los seis negros le hicieran un lugar en el bulo a un precio módico. También que lo dejasen solo para curtirse a la colombiana, que le dejaran también un rato con a una rubia amiga de la rubia teñida de Altamira y con una amiga de la colombiana y con una brasilera que estaba infernal. Pacheco se la pasó de fiesta en fiesta, logró comprarse un cochecito, un Honda 82 que le funcionaba bien. Conoció una francesa que le enseñó a hacer masajes en la playa entre otras cosas. Balbuceaba cuatro palabras en francés y dos en ingles, con el cordobés básico, suficiente para sobrevivir en Miami.

Pacheco Funes López se paso cinco años de gloria en la playa de Miami Beach. La primera vez que lo vio a Rudi, no le dió importancia al asunto. Le parecía un lujo vivir como vivía, con treinta dólares por día, trabajando solo cinco horas. Curtirse cuanta minita quisiera, minitas mucho mejores que las de los bailes, que no querían casarse ni nada, solo curtir. Pacheco vivió una especie de limbo y con cuatro porros por semana se le borro hasta la nostalgia de San Vicente. Alguna vez miró por televisión como Argentina estallaba en mil pedazos. Le fueron contando por mail, en los cyber-bar se enteraba todo lo que les pasó a los que se quedaron. El cabra le contó como Mili lo perdió todo, como terminaron todos sin laburo, sin un mango. Le contaron que muchos se tuvieron que ir a vivir a la villa Los Sanavirones, junto al río. Ese año el país se terminó, hubo siete presidentes en una semana.

El último día de agosto Pacheco se quedó sin laburo. El 11 de setiembre pasó lo de las torres gemelas. Se cayeron las torres y no hubo más guita ni laburo para nadie. Una vez lo paró un cana gringo, que solo hablaba ingles, y le terminaron incautando el Honda, lo metieron en cana y le dijeron n que la próxima redaba lo mandaban al centro de detención de Crown. Ya tenia unos cuantos amigos ahí, algunos habían terminado deportados, otros, aun se pudrían en esa cárcel rodeada de cocodrilos. Entonces Rudi, un colombiano amigo de Altamira, que vendía helado como el y que estaba legal, le propuso la cosa de nuevo.

- Solo tienes que ir a Medellin y volver. Es un viaje simple, lo único incomodo es meterse todo eso en el intestino delgado, pero yo te explico como hacer amigo. Es fácil, hasta las monjas lo hacen. Somos todos amigos de Pablito, que en paz descanse. Lo fusilaron hace un par de años y ahora hemos montado un ejército paralelo, tenemos de todo y en dos meses eres millonario compañero, te lo garantizo.

- ¿Que lo que hay que hacer varón? No tengo un mango y los negros se están buscando otro para compartir la casa. No tengo ganas de dormir en la playa cuando vengan los huracane, hermano. Dicen que esta año viene uno como el Katrina.

- Pues mira, aquí lo tienes todo, el billete de avión, el sobre para meterte la cosa en el orto , como dicen ustedes los cordobeses. Acá está la guita adelantada, tres lucas verdes y las instrucciones de lo que tenés que hacer. Y acá está el pasaporte. Ahora no se llamaba mas Pacheco Funes, se llamaba Rubén Blando.

Lo que pasó con Pacheco después de que se tomo ese avión a Medellin, no se sabe. Altamira y los negros que alquilaban el bulo en la Collins dicen que murió en Medellin, como Gardel.

Sus familiares de San Vicente dicen que vivió de la merca y se hizo millonario. Dicen que vivió en lo de tía Rosita, en Avenida Las Heras, que se había puesto un antro de putas con un par de primas de Pacheco en San Vicente mimo. Que ahí se montó su quisco de merca y que ni pasó por Medellín. El Mili, que dicen que hasta se hizo socio de él, dice que unos amigos del Riqui lo encontraron y lo dejaron sin genitales en un lugar mucho menos glorioso que el puente donde anclan los grandes cruceros. Quedó a la orilla del río primero, lugar plagado de bolsas y de basura si los hay, donde ni los funerarios se atreven a cruzar hasta el cementerio por miedo a que los desvalijen y les roben los cadáveres y los cajones. Dicen que ni la cana lo fue a buscar por miedo a las represalias, que se pudrió ahí junto al rio, sin genitales y sin cabeza.

Pacheco Funes López, alias Rubén Blando es toda una leyenda. Por ahí si se hubiera dedicado al futbol o al cuarteto le hubiera ido mejor, con la pinta que tenía. Por ahí si se quedaba en su casa todavía estaría levantando minas en el baile de cuarteto o tendría un pendejo para ir a La Calera con alguna mina piola con la que se hubiera casado. Quizás su vida hubiera sido más larga, pero, como dicen el Mili e incluso el mismo Riqui,¿ para que vivir tanto si se pueden vivir unos pocos años de gloria?.

viernes, 16 de octubre de 2009

Tan lejos del mar

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Textos: Gastón Sironi

Música: Jenny Náger

Edición e imágenes: Ariel Halac